1996 Bipolaridad

Width 17.50 in

Height 23.50 in

$6,500

English

Bipolaridad (1996) is a meditation on psychic duality, inner tension, and the unstable balance between opposing states of being. The work seems to arise from a charged interior landscape where contradiction is not resolved, but held in suspension. Rather than presenting bipolarity as a clinical condition, the painting evokes it as an existential and emotional atmosphere: a field in which intensity and withdrawal, clarity and fragmentation, presence and dislocation continuously alternate. The figure, space, or symbolic structure at the center of the work appears to carry this tension within itself, as though the painting were tracing the mind’s shifting weather from one moment to the next.

The composition suggests that identity is not fixed, but oscillating — assembled through pressures, reversals, and moments of fragile equilibrium. What gives the work its emotional force is precisely this refusal of stability. Layers of pigment and a sensitive surface treatment seem to preserve traces of movement, rupture, and reconfiguration, making the painting feel lived rather than simply composed. The viewer senses a visual language that does not seek harmony in the conventional sense, but truth in fluctuation: an image that admits division as part of human interiority.

Earth tones, deep blues, and more unstable accents generate a climate that feels at once grounded and unsettled. This tonal tension reinforces the work’s psychological depth, allowing it to breathe between composure and disruption. In Bipolaridad, duality is not a flaw to be corrected, but a condition to be confronted — a way of understanding the self as multiple, shifting, and vulnerable to sudden reversals. The painting invites us to remain with that instability long enough to recognize that inner conflict can also become a form of insight.

Espanol

Bipolaridad (1996) es una meditación sobre la dualidad psíquica, la tensión interior y el equilibrio inestable entre estados opuestos del ser. La obra parece surgir de un paisaje interior cargado, donde la contradicción no se resuelve, sino que se mantiene en suspensión. Más que presentar la bipolaridad como una condición clínica, la pintura la evoca como una atmósfera existencial y emocional: un campo en el que la intensidad y el repliegue, la claridad y la fragmentación, la presencia y el desarraigo se alternan continuamente. La figura, el espacio o la estructura simbólica en el centro de la obra parece cargar esa tensión dentro de sí, como si la pintura registrara el clima cambiante de la mente de un momento a otro.

La composición sugiere que la identidad no es fija, sino oscilante — construida a través de presiones, inversiones y momentos de equilibrio frágil. Lo que da fuerza emocional a la obra es precisamente su negativa a la estabilidad. Las capas de pigmento y el tratamiento sensible de la superficie parecen preservar huellas de movimiento, ruptura y reconfiguración, haciendo que la pintura se sienta vivida y no meramente compuesta. El espectador percibe un lenguaje visual que no busca la armonía en el sentido convencional, sino la verdad en la fluctuación: una imagen que admite la división como parte de la interioridad humana.

Los tonos tierra, los azules profundos y algunos acentos más inestables generan un clima que se siente a la vez enraizado e inquieto. Esta tensión tonal refuerza la profundidad psicológica de la obra, permitiéndole respirar entre la compostura y la alteración. En Bipolaridad, la dualidad no es un defecto que deba corregirse, sino una condición que debe enfrentarse — una manera de entender el yo como algo múltiple, cambiante y vulnerable a inversiones súbitas. La pintura nos invita a permanecer con esa inestabilidad el tiempo suficiente para reconocer que el conflicto interior también puede convertirse en una forma de conocimiento.